|
“Hay dos cosas que llenan el ánimo de una admiración y reverencia siempre nuevas y crecientes, cuanto más a menudo y más prologadamente el pensamiento se detiene en ellas: el cielo estrellado por encima de mí y la ley moral que hay en mí.”
Immanuel Kant
Recien escuché la intervención de Gustavo Petro en el Senado de la República, en torno a las irregularidades dadas en el proceso de negociación que el Gobierno Colombiano está teniendo con las Autodefensas. Es preocupante lo que presenta este excelente Senador colombiano, la problemática de la violencia pareciera tener a la sociedad colombiana en un sangriento y demencial callejón sin salida. Si bien el Senador Petro presenta como alternativa un ejercicio de justicia reparativa, parece también, por lo que se puede concluir de su intervención, que la sociedad colombiana no cuenta con las instituciones capaces y dispuestas para la realización de una tarea de tal naturaleza. Habrá quien hable de lo desafortunados que somos los colombianos, pero hay que tenerlo claro, es lo que hemos construido con nuestro ejercicio ciudadano. Estoy cada vez más convencido de que la circunstancia que nos agobia tiene causas y determinantes no exclusivamente colombianos, sino que corresponden a los de una especie delirante, que ha perdido su capacidad de volar alto para quedar atrapada en el barato y narcotizante sueño del consumo compulsivo, mientras degrada el mundo que lega a las generaciones futuras. Se requiere una revolución del espíritu, una revolución del sujeto, que favorezca la emergencia de un ser humano que comprenda y asuma el sentido de su presencia en el juego de la vida, que sea consciente de su reponsabilidad por la huella que deja a su paso por el mundo y que supere el heroismo protagónico que sólo brilla en la pasarela mediática, para asumir un compromiso cotidiano con la transformación del “establecimiento” que cada cual encarna en la cotidianidad de su existencia. Ante el enriquecimiento desbordado de los macabros paramilitares que denuncia el Senador Petro, sólo cabe enfrentar un enriquecimiento del sujeto humano que garantice la emergencia de una ciudadanía comprometida con la construcción de una auténtica civilidad democrática. En tiempos de “la sociedad del conocimiento”, estar a la altura de la riqueza y belleza de nuestra geografía, exige el desarrollo de una capacidad de comprensión de nuestra propia naturaleza, sólo posible en un clima de auténtica libertad; cada uno debe conquistarla para sí, buscando además, construir complicidades en función de un mismo objetivo: habitar colectivamente nuestro territorio de manera inteligente y vital, de modo que garanticemos la calidad de la vida para nosostros y para las generaciones futuras. Por eso creo que vale la pena evocar la gran sensibilidad de Kant al enuciar dos cosas que deberían conmover nuestro espíritu: “el cielo estrellado por encima de mí y la ley moral que hay en mí.”
Powered by AkoComment! |