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La inteligencia E-Mail
martes, 04 de julio de 2006
No sé dónde leí la siguiente situación que describe bien qué es inteligencia: Un investigador coloca un racimo de bananos en lugar alto, donde un chimpancé no logra  llegar; en el piso hay algunos palos, ninguno le permite alcanzar los bananos; sin embargo, si acopla alguna de las parejas posibles, logra formar un palo más largo, con el que puede alcanzar el racimo.

El investigador se coloca, con su libreta de notas, en un rincón a observar.

El chimpancé tantea un poco con los palos. No logra. De pronto se detiene, observa al investigador, se dirige hacia él, lo toma de la mano, lo lleva debajo del racimo, se sube en sus hombros y toma los bananos.

Una manera bastante creativa de resolver un problema, Eso es inteligencia: encontrar soluciones a problemas nuevos y nuevas soluciones a problemas viejos.

En la cotidianidad de la existencia, los seres vivos deben resolver innumerables problemas para garantizar su subsistencia.

Los textos de Konrad Lorenz están llenos de ejemplos de inteligencia en el mundo animal.

La biofagia con la que los zoofitos resuelven su incompetencia para producir proteina, una limitación que deviene en fortaleza y ventaja, hace del juego de la vida un juego de muerte en el que siempre hay alguien en plan de cazar y comer a alguien.
 
Este juego, entre el depredador y la presa, en el que el arte consiste en saber hacer trampa, ha sido determinante en el desarrollo de la inteligencia animal, de la que somos beneficiarios y, los jugadores más evolucionados.

Somos el amimal que con el recurso del lenguaje ha logrado, colectivamente, el desarrollo de la inteligencia y el conocimiento necesarios y suficientes, para realizar una adaptación fuerte de la naturaleza, a nuestras necesidades, apetitos y deseos.

Sin embargo, esto ha producido una artificialeza que incosciente de su origen y dependencia natural, amenaza las condiciones de supervivencia del mismo ser que busca beneficiarse con su desarrollo.

En tiempos aciagos es conveniente recordar que la inteligencia no es un privilegio de nuestra especie sino un don de la vida, del que somos beneficiarios en una proporción tal, que nos hace responsables del cuidado del mundo.

En tiempos aciagos es conveniente tener conciencia de que nuestro cuerpo está constituido por cerca de treinta mil millones de sujetos vivos, partícipes de dicha inteligencia, con la que debemos contar y a la que cotidianamente debemos gratificar con el cuidado corporal.

En tiempos aciagos es necesario recordar artrópodos y gusanos, que hacen posible la fertilidad del suelo que nos nutre y, a los agricultures que lo cosechan; son tan sólo una parte, de la gran cantidad de seres que hacen posible nuestro acceso al alimento; a quienes, en consecuencia, debemos ofrendar siempre las accciones de nuestra existencia.

En tiempos aciagos es necesario comprender la ciudad en toda su hipercomplejidad y, para favorecer en ella la emergencia de un conocimiento y cultura, que favorezcan la constitución de un cuerpo social competente para habitar su territorio, de manera inteligente, soberana y vital.
 
En tiempos así, es necesario empeñar toda nuestra inteligencia en comprender que somos partícipes y beneficiarios del milagro de la vida, y, que a ella nos debemos en todos los actos y momentos de nuestra existencia. 

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