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Una organización, a cualquiera de las escalas o dimensiones del ser: física, química, biótica, antrópica, social, global o cósmica, es producto de la articulación de alguna clase de elementos, cuya definición como tales, depende del lugar de mirada e interés del observador. El organismo humano, por ejemplo, puede ser visto desde la perspectiva física como resultado de la articulación de átomos; desde la química, los elementos constitutivos serían moléculas y macromoléculas; desde la biótica, serían células, organelos, órganos o sistemas.
El orden humano, local y global, se constituye de personas u organizaciones.
La ciudad, para el político es un conjunto de votos; para el vendedor, de clientes; para el cura, de almas; para el arquitecto o ingeniero, de edificaciones, entre otras miradas posibles.
Todos estos ordenamientos u organizaciones devienen en el tiempo, como lo postuló Heráclito: “Todo fluye”. La noción de emergencia, extraida del pensamiento de Morin, tiene siempre carácter de novedad y es lo que nutre el fluir heraclitiano produciendo el cambio.
Una emergencia es una manifestación fenoménica, cuyas cualidades y características son indeducibles de las de aquello que ontológicamente le precede, genera y constituye.
La cohesión de los protones en el núcleo es indeducible e impredecible, a partir de la cualidades particulares de los mismos, que normalmente se rechazan.
La capacidad neguetropica de la vida no es inferible, directamente, de la frágil estabilidad de macromoléculas a la deriva en el inmenso y turbulento caldo prebiótico, que cubría buena parte de la Tierra hace cuatro mil millones de años.
La inteligencia animal y humana, no es deducible, en función de las particularidades del violento, dinámico, mortal y vital juego del “cazador y la presa” que la genera.
Cuando los sujetos humanos se articulan en una organización social, cualquiera que ésta sea, se dan emergencias de carácter global que caracterizan la organización resultante; la que a su vez retroactúa de alguna manera, sobre quienes la generan y constituyen, produciendo cambios que adquieren, a nivel individual, el carácter de emergencia.
En una cancha de fútbol por ejemplo, la unidad de propósito de once jugadores operando en la turbulencia de incertidumbres que produce la redondez del balón y la intervención de otros once con propósitos contrarios, genera emergencias tanto a nivel global, la emoción y belleza del juego que disfruta el espectador por ejemplo, como a nivel individual, la emoción que al jugador produce la sorpresa de sus propias jugadas.
La cosmogénesis, acaecida en los trece mil ochocientos millones de años de existencia de este universo, es una sucesión de emergencias: Del caos primigenio emergen las partículas de las que su vez emergen los átomos, de los que emergen las moléculas, de las que emerge la vida y el animal humano. Lo deseable es que este último produzca la emergencia de organizaciones sociales y sociedades que se articulen en un orden, local y global, cada vez más inteligente y vital.
Esto exige tener claro que el resultado trasciende la voluntad y capacidad de control de cualquiera de los sujetos que se articulan en la constitución de dicho orden, por lo que hay que relajarse, mirar para dentro, fluir y gozarse la existencia. Vive y deja que otros vivan.
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