Uno de los grandes desencuentros, que dificultan el paso del “yo” al “nosostros”, se da en el juego de clases. La torpeza del discurso marxista, fácil decirlo desde el presente, es hablar de “lucha de clases” y no de “juego de clases”. Juego complejo a través del cual el animal humano construye su sociedad y hace la historia y, cuyo sentido, es que nuestro mundo sea mejor que el de nuestros padres y el de nuestros hijos mejor que el nuestro. La sociedad es la emergencia que, entre otras cosas, cuida y sustenta el “nosotros”. ¿Qué seríamos los colombianos sin esa telúrica cadera de Shakira que “hace estatua” y bosqueja la silueta de América?¿Sin la frescura y picardía de Carlos Vives? ¿Sin las diabluras del Tino y la inteligencia del Pibe? ¿Qué serían los argentinos sin la travieza “mano” de Maradona?
¿Qué sería de la América Latina y de los humanos, sin tener, cada uno, dónde anclar su seguridad de pertenecer a un "nosotros", presente en el juego de la vida, con jugadas tan bellas y vitales como un gol de Pelé? Carlos Gaviria pone el dedo en la llaga, cuando señala la frágil legitimidad de aquello que “los buenos” defienden en el conflicto que padecemos; lo que constituye la debilidad del “establecimiento”: su poca legitimidad; que persistirá, mientras la clase dominante no muestre un compromiso serio para dejarle paga “la deuda social” a sus hijos.
La humanidad perdió la brújula y la ruta y, está siendo gobernada, a nivel mundial, por una clase dominante dedicada a acumular y, a “decorar los camarotes de un barco que se unde”.
“Hay una condición en el hombre de hoy, que tiene mucho que ver con lo que estamos viviendo, es producto de ese modo gringo de ver la vida, que se nos ha pretendido inocular intravenosamente desde la cuna, y que ha generado una peligrosa mutación del hombre en un ser de seis sentidos, no de cinco. Lo más serio del asunto, es que el nuevo sexto sentido está primando sobre los otros cinco. Es un hombre que ya no ve... me temo que padece de insensibilidad frente a lo feo y lo bello. Es un hombre al que la cantidad de decibeles de nuestra escandalosa sociedad, ha tornado insensible al trinar de los pájaros, al lamento de nuestra naturaleza arrollada y al llanto de los niños que nuestra irracional violencia ha dejado sin padres. Es un hombre al que los fuertes olores de exostos y chimeneas contaminantes, han llevado a la incapacidad de oler la trampa que le tiende el político pre-electoral."
"En fin, es un hombre que ha casi perdido, la vista, el oido, el olfato, el sabor y el tacto, los cinco sentidos fundamentales, que junto con la razón, han hecho posibles las artes y las ciencias."
"Un hombre que sólo siente por una vía, la de su nuevo y peligroso sexto sentido: el bolsillo; sensibilísimo al signo pesos y sin son dólares mejor. Siente profundamente todo lo que toca “su capital” y en ocasiones, por esto está dispuesto hasta matar...”
El sueño por la utopía de lo justo sacude América Latina. Colombia no está excenta de este fenómeno saludable, para un mundo atrapado por la ambición pobre y barata de “rico Mc Pato”; mucha gente no ha entendido el mensaje de ese loco soñador, que hace más de dos mil años “echó a látigo a los mercaderes del templo”.
¿Cómo pasar de la recocha sangrienta (aquí ya hasta se matan entre los mismos), que prevalece en nuestro “orden” social, a un toquecito sabroso, inteligente y vital?
Doctor Gaviria, que bueno que Usted despierte en mi sociedad la capacidad de soñar lo que suena imposible: una sociedad justa e incluyente, donde se articulen de manera inteligente y vital, el antagonismo-complementario que hay entre la avaricia y ambición de unos, con la sencillez y humildad de otros; lo que exige que los primeros asuman su responsabilidad social, de manera que se favorezca la realización de lo vital de los otros.
Doctor Gaviria, su vida está dedicada al ejercicio del derecho, cuyo objeto percibo como la construcción de lo justo; mis deseos son para que logre abrir trochas que recuperen el sueño colectivo por una sociedad más justa, de manera que logremos sugerir, desde la sociedad civil, una alternativa a quienes perdidos en el laberinto de la guerra, han hecho del "sueño" una pesadilla.
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