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La entrada en funcionamiento de la nueva Troncal de la Empresa de transporte masivo bogotana, pone en evidencia dificultades en la articulación de dos inteligencias, cuya interacción está siempre presente en los procesos de gestión urbana: la del aparato, la Administración Central, en este caso representada por la Empresa Transmilenio y, la del cuerpo social, que se expresa a través de la acción ciudadana. La primera, centralizada, opera con criterio gerencial; la segunda, emergente y espontánea, no tiene mando central que la dirija o la gobierne.
La primera con acento en lo programático, con objetivos y medios definidos en función de diagnósticos, realizados con recursos técnicos y tecnológicos apropiados para registrar y procesar la información pertinente sobre el tema en cuestión: la movilidad urbana. La segunda, una masa ciega, espontánea, sin programa alguno, generada y movida por el malestar sentido por deficiencias en el servicio de la Empresa.
La primera, no obstante contar con los recursos técnicos, no ha mostrado la principal competencia de una inteligencia: la capacidad predictiva. En buen grado, el malestar obedece a la disminución de frecuencias en el servicio, que aumenta el tiempo de espera y la congestión. Al parecer, la Empresa no calculó correctamente el volumen de buses necesarios para el crecimiento del Sistema.
Otro reclamo es el racionamiento de los pasajes. Esto es inexplicable, sólo faltaría que se comience a dar especulación y reventa con los pasajes de Transmilenio.
También está el lío que se armó con el cambio en el sistema de códigos con el que se designan las rutas. Hubiera sido más respetuoso del “disco duro” ciudadano, haber definido los nuevos códigos como derivación y desarrollo de los anteriores.
Es deseable que quienes administran la Ciudad, por delegación y mandato ciudadano, tengan presente que ésta es, en esencia, un evento emergente, fruto de intereacciones humanas y, como tal, una realidad que no admite un manejo tecnocrático que ignore las complejidades, incertidumbres y aperturas de lo humano. Si se quiere construir ciudad vital, hay que formar al ciudadano, lo que requiere “pedagogía social”. Es necesario también mencionar el descuido en el mantenimiento de las estaciones del Sistema, con numerosas trampas en el piso que hacen riesgoso caminar y que constituyen focos de pertubación del flujo ciudadano, afectando de manera negativa la movilidad urbana.
Finalmente, creo que desde el inicio del proyecto, con el Alcalde Peñalosa, Transmilenio ha desperdiciado el potencial pedagógico del Sistema. No se aprovechó la motivación que genera un estreno, para promover hábitos de convivencia y circulación en los corredores, en el abordaje y al interior de los vehículos.
No se trata de enunciar reglas, definir sanciones e imponer conductas por la fuerza de la autoridad; sino, de favorecer que en la cotidianidad de la intereacción ciudadana, se hagan evidentes la racionalidad y el sentido de las reglas, para que éstas se impongan de manera gradual, persuasiva y amable, en el “piloto automático” del ciudadano, y, operen de forma natural y espontánea.
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