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¡Oh señor. Yo he sido un gran pecador. Yo no merezco tu gloria. Déjame aquí en la tierra. Andrés Segovia
Recientemente leí “José y sus hermanos” de Thomas Mann. Qué hermosa novela, qué profundidad la de este maestro de la disección del alma humana. En torno a José hijo de Jacob, nieto de Abrahán, una treintena de páginas de la Biblia se convierten en casi mil, de reflexión profunda sobre la vida, el ser humano y su relación con Dios.
Me hizo pensar en él, en Dios, en la posibilidad de su existencia. Generalmente me siento ateo; aunque eventualmente pienso que puede existir. En dichos momentos he imaginado el infierno y el paraiso. No creo que sean lugares separados. Son una sola cosa: una "gradería celestial" dónde, eternamente, nos ponen a mirar este “realty show”, a ver el fruto de nuestro paso por el mundo.
No hay jueces. No hay el problema de justicia o injusticia. Cada cual está ante lo suyo, viendo a sus hijos, sus alumnos, dependientes y demás, ejercitar hábitos, actitudes y competencias que les hemos transmitido y, sufriendo o disfrutando situaciones que pueden ser fruto de nuestras acciones u omisiones en esta existencia.
Dios, que “todo lo puede”, tiene la “tecnología celestial” suficiente y necesaria para poner “flash back” aquí o efecto especial allá, de tal manera, que cada cual tiene una producción hecha a su medida.
De ser así, no estoy diciendo que lo sea sino que podría serlo, allá estarán, en el presente, nuestros ancestros viviendo infierno o paraiso, en virtud de nuestras jugadas aquí y ahora.
Esto lo he pensado viendo alguien que sube, de rodillas, en peregrinación a Moserrate, cerro tutelar de Bogotá, donde se encuentra un santuario meta de muchos peregrinos.
¿Qué pensará Dios ante este fulano que vive el día a día, de manera indolente, pensando sólo en explotar y en “matar a los malos”, sin gratificar cotidianamente la existencia, con los debidos actos de vida y de justicia, sin ponerle límites al malo que todos llevamos dentro?
Debe sentirse insultado al pensar que le creen un tonto que le va a comer cuento a este juego teatral. Creo que de existir Dios, dos cosas puso bajo nuestro cuidado: nuestro ser y el mundo, de los que no estamos cuidando nada bien.
Además, estoy seguro que ni Dios, ni Jesucristo, ni Alá, ni Buda, ni diosa o estrella alguna, han comprado acciones en esas grandes multinacionales, que en su nombre explotan el miedo del ser humano y buscan someterle a sus caprichos y creencias.
Hemos recibido la responsabilidad de cuidar del mundo para hacer que en éste se dé y mantenga la vida, cuyos retos y amenazas pueden hacer pensar que habitamos “un valle de lágrimas”. Puede que lo sea, pero se puede llorar sabroso. Intentémoslo.
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